Pekín no se quedó de brazos cruzados y castigó a 20 compañías de EE.UU. por la venta de armas a Taiwán, tensando más la cuerda entre las potencias.
La respuesta de China llegó rápido y sin vueltas: sanciones para 20 empresas de defensa estadounidenses. El motivo es el de siempre, pero con un tono más elevado: el envío de un nuevo paquete de armamento a Taiwán, algo que Pekín considera una violación directa a su soberanía y una «provocación intolerable». El gigante asiático fue claro: no va a tolerar que Washington siga metiendo cuchara en lo que ellos consideran un tema interno, y estas medidas buscan golpear donde más duele, que es la billetera de los contratistas militares.
Este nuevo cruce pone a la economía global en una situación delicada. Entre las sanciones chinas y la política de aranceles que pregona Trump para proteger su industria, el comercio entre las dos potencias más grandes del mundo está entrando en un terreno pantanoso. Lo que antes eran cruces de palabras diplomáticas ahora son medidas económicas concretas que pueden afectar desde el precio de los chips hasta la estabilidad de las bolsas en todo el mundo. En Uruguay, como siempre, miramos esto con atención porque cuando esos dos gigantes se pelean, el resto del mundo termina sintiendo el temblor.
En Taiwán, mientras tanto, refuerzan la seguridad y tratan de no quedar en el medio de una guerra fría que cada vez está más caliente. China dice que Taiwán es parte de su territorio y que la reunificación es inevitable; Estados Unidos dice que va a defender la democracia en la isla. Es un diálogo de sordos donde las únicas que ganan son las fábricas de armas. Lo que queda por ver es si estas sanciones chinas son solo para la tribuna o si realmente van a cortar el flujo de materiales críticos que estas empresas necesitan. Por ahora, el clima en el Pacífico está para cortarlo con un cuchillo.
