El país asiático está prendido fuego tras la muerte de un líder juvenil; las protestas no aflojan y el gobierno está contra las cuerdas.
Tras el asesinato de Sharif Osman Hadi, un referente de las revueltas que sacudieron el país el año pasado, las calles se convirtieron en un campo de batalla. La gente salió con todo a pedir la renuncia de los responsables de seguridad y el castigo para los culpables, que serían miembros de un partido político proscrito. Los disturbios ya dejaron varios muertos y un clima de «que se vayan todos» que tiene a la capital, Daca, totalmente paralizada.
La situación se puso más espesa cuando las protestas empezaron a tomar un tinte anti-India, con ataques a medios de prensa y choques pesados con la policía. A pesar de que el funeral de Hadi se hizo bajo una custodia de locos, la bronca no bajó y el sentimiento de injusticia corre como reguero de pólvora entre los más jóvenes, que sienten que les están robando el futuro otra vez con violencia política.
Para cerrar, el panorama es complicadísimo. Con el gobierno interino tratando de calmar las aguas sin mucho éxito y la economía sufriendo por los paros, Bangladesh se asoma a un abismo institucional. Habrá que ver si el pedido de justicia logra canalizarse de forma pacífica o si este incendio termina por llevarse puesto lo poco que quedaba de orden en el país.
